Por Ángel Álvarez Cronista Urbano

«Aguas, se llevan a don Jorge o a sus hermanos por comunistas, los chillaron los orejas», es el comentario que hacen todos los vecinos de esa casona de esquina donde vive el respetable médico y cirujano con especializaciones obtenidas en Cuba y Rusia.

El era un señor alto de buen porte, de barba espesa y de muy de pocas palabras para con los demás, pocos pelos en la cabeza y siempre vestido muy elegante con esas guayaberas como las que usan los presidentes en las cumbres latinoamericanas.

Usaba lentes de sol de cola de ratón chapados en oro, anda con zapatos de charol negro muy brillante y siempre anda con su mariconera bajo el brazo. Muchos creen que lleva dinero en efectivo o tarjetas del banco.

Pero muchos sospechan que esconde los listados de personas que apoyan la causa comunista en el país, a los que visita semana a semana para informarles de los avances en la lucha contra la corrupción de los gobiernos de la época.

En el primer nivel vive la familia, la mamá vendía comida preparada para llevar, sus niños estudian en la escuelita del barrio, la abuelita se le ve a diario con grandes bolsas que todos asumen es el mercado del día a día, un abuelo flaco y muy fumador.

Siempre parado en la esquina controlando el paso de los vecinos, el Fisgón le dicen los demás. El doctor tiene buena reputación, sus hermanos son profesionales de la educación y la psicología, uno de ellos vive en el extranjero.

Todo funciona con regularidad y normalidad hasta que un día la cuadra del barrio se ve sitiada por jeeps color azul con el logotipo de la Policía Nacional en sus puertas; dos buses grandotes, de esos que les decían de apodo «el pájaro azul».

También algunas motos de alto cilindraje de fabricación alemana sin placas y con pilotos vestidos de particular, con medio rostro tapado por unos gorros pasamontañas. Hay mujeres con armas largas y vestidas de amas de casa, señores que todos creían que eran unos bolitos que dormían en la calle y mendigos del sector ahora bien sobrios y con tremendas armas apuntando a la casa.

Hay un revuelo, nadie quiere salir, las madres van a recoger a sus niños a la escuelita cercana, los señores no paran de marcar al teléfono de la esquina para que alguien les explique qué está pasando en el barrio, si es tan tranquilo.

Los perros no paran de ladrar a los extraños que han copado desde la primera avenida hasta la avenida Elena, sin que nadie entre o salga del sector sin ser entrevistado, revisado y basculeado en busca de evidencia por los agentes que se les ve nerviosos y al mismo tiempo dispuestos a todo.

Sólo se sabe que el doctor salió temprano a una reunión de negocios y ya no regresó a almorzar, se quedó encerrado en la «oficina», como le dice al cuartón donde se reúne los fines de semana con sus colegas.

Por orden de juez competente, argumentando la búsqueda de material que compromete la seguridad nacional, empieza el operativo tipo 11 de la mañana. Los policías logran botar a patadas las puertas de la casa del doctor y entran como locos tirando todo a su paso, golpeando al perro de la entrada, pateando jaulas de loros y pericas australianas que tenía la mamá como adorno de la casa.

Todos salen volando despavoridos pero felices por ver la libertad anhelada, rasgan sillones, rompen los cojines, desbaratan colchonetas de las camas de toda la casa, quiebran muebles muy antiguos para buscar compartimentos secretos, arrancan todo el machimbre que forma el cielo falso instalado en los dos niveles para evitar el calor de verano y los fríos de invierno.

Es despegado y botado al suelo con violencia. Desbaratan los aparatos eléctricos y hasta interrogan a los más niños de la casa en busca de información. Se ve todo un caos, pero se deben retirar con las manos vacías al no encontrar nada de lo que sus orejas les habían reportado.

Al rato se van decepcionados y el doctor desde lejos los ve subirse a sus vehículos mientras juega con una llave en su mano izquierda y piensa: «Qué bueno que tengo un sótano muy bien resguardado, hasta una imprenta logré meter de manera clandestina».

Redacción Distrito

Distrito Guate
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