Por: Carlos Zeceña

Jesús de La Merced no es solo una imagen venerada; es un referente vivo dentro de nuestras tradiciones y devociones. Su historia se entrelaza con la memoria popular desde hace más de tres siglos y medio, y entre los muchos relatos que lo envuelven, hay uno que brilla con luz propia: el de sus milagrosas lágrimas de plata.

Cuentan las antiguas crónicas que, en el tradicional callejón de Jesús, vivía una mujer de humilde condición llamada Minga Carrillo. En aquel entonces, una profunda necesidad apretaba su corazón: su aflicción era tan grande que ni siquiera tenía una moneda para llevarse un pedazo de pan a la boca.

Sin embargo, su fe era más fuerte que su desdicha. Siendo devota fervorosa del Señor de La Merced, se encomendó a Él con entera confianza. Se dirigió a su capilla y, postrada ante la sagrada imagen, elevó una súplica tan sentida y ferviente que, según la tradición, el cielo quiso responderle de manera prodigiosa.

La leyenda nos dice que: En ese instante, Jesús de La Merced derramó dos lágrimas de plata que cayeron suavemente a los pies de la devota mujer. Asombrada, las tomó entre sus manos y, en medio de su necesidad, acudió a empeñarlas en los comercios de la calle del Comercio. Fue así como pudo sortear sus penas y sobrellevar aquellos días difíciles.

Cuando por fin la Divina Providencia le tendió la mano y Minga Carrillo logró salir de sus penurias, su gratitud se convirtió en un gesto de profunda humildad. Recuperó las prendas que había empeñado y, con devoción silenciosa, las devolvió a su Señor, colocándolas entre el manto y la cruz de la imagen.

Así, entre el fulgor de la plata y la fuerza de una oración sincera, se tejió uno de los milagros más entrañables que aún hoy resuena en la memoria de los fieles, recordándonos que en la fe más sencilla habita lo extraordinario.

 

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